Philippe Ensarguet desarrolla una tesis contundente: estamos viviendo el "momento del kilovatio-hora" de la economía del conocimiento. Así como la bombilla puso fin a la era de la vela, la IA pone fin a la hora-cerebro como unidad de valor económico. Comienza con una anécdota sorprendente: un consultor entrega tres semanas de trabajo que el cliente replica en cuatro minutos con un agente, mil veces más barato.

Durante décadas, la economía del conocimiento se basó en un indicador indirecto: se pagaba el tiempo (días-persona, horas facturables) con la esperanza de que el valor se derivara de ello. Este sistema generó una distorsión sistémica en la que se recompensaba la lentitud. Cuando un agente de IA produce en pocos minutos el código, la auditoría o el informe que antes justificaba varios días facturables, se derrumba el propio fundamento del modelo. Se trata del shock de comoditización de nuestra generación, comparable a lo que la nube provocó en la infraestructura.

Ensarguet invoca la paradoja de Jevons: cuando el coste de ejecución cae casi a cero, la demanda se vuelve infinita. No cabe esperar menos trabajo, sino 1000 veces más producción. Las señales ya están presentes: las partidas presupuestarias se desplazan de los salarios hacia la potencia de cálculo. Propone una nueva ecuación de valor multiplicativa: Valor = Calidad de la Computación x Contexto de los Datos x Inteligencia de Orquestación. Si cualquiera de los tres factores es cero, el valor total se derrumba.

Pero la ejecución solo representa un tercio del tiempo de un proyecto. La IA agéntica aborda los dos tercios restantes: reuniones, alineación, aprobaciones, coordinación. Esta segunda ola pone en cuestión el propio organigrama. Las capas de coordinación (jefes de proyecto, mandos intermedios) enfrentan la misma presión que los roles de ejecución. La unidad de trabajo pasa de "una persona asignada" a "un resultado contratado a un sistema".

Ensarguet identifica tres roles humanos emergentes: los guardianes de la trayectoria (alineación estratégica y ética), los custodios del contexto (matices sectoriales, historial del cliente, sutilezas regulatorias que los modelos no pueden aprender por sí solos) y los arquitectos de confianza (barreras de seguridad, gobernanza de los sistemas autónomos). La inteligencia humana, que incorpora valores, emociones, cultura y experiencia vivida, sigue siendo irreductible.

En conclusión, recomienda tres acciones: experimentar desde ya con la tarificación basada en resultados, hacer un seguimiento de la relación entre el gasto en salarios y en computación como indicador estratégico, y reorganizar la empresa en torno a la orquestación entre humanos y agentes.